Todos andamos metidos en el internet. La Iglesia ha manifestado mucho aprecio por él y ha señalado las posibilidades que en el internet descubre para globalizar la evangelización. Por ello, no solo nos recomienda usarlo prudentemente, sino actuar como evangelizadores a través de él. Este planeta digital es el primer areópago para la evangelización.

Sin embargo, la Iglesia, también, nos alerta sobre peligros reales que vienen con diversos elementos transmitidos por internet: consumismo, pornografía, fantasías violentas y aislamiento patológico.

Pensemos en uno de esos riesgos. Es una pesada cadena que esclaviza, cada vez, más a algunos hermanos que buscan el placer personal y lo encuentran en páginas o programas de pornografía. Después, esas imágenes eróticas no se apartan de su mente y de su corazón, se representan o reviven ante personas o ante circunstancias parecidas a las de esas experiencias. Es la memoria afectiva la que sigue haciendo presente esas imágenes y creando el deseo, y casi la necesidad, de repetir esas experiencias de placer. ¿Quién es capaz de quitar las imágenes, recuerdos, experiencias de placer conseguidos por jóvenes y mayores con el celular, el computador, o la televisión?

Hay terapias sicológicas que le pueden ayudar un poco. Pero, es tan profundo el daño causado, que solo Dios es capaz de sanar y restaurar bien la persona.

Podemos ayudar a ese hermano haciéndole sentir el amor de Dios para que crezca su confianza en Él y aproveche la ayuda que Él le ofrece.  Hay que ofrecerles una ayuda pastoral integral. Y, dentro de ella, a muchos les sirve dedicar unos minutos cada día para hacer cuatro cosas: dar gracias a Dios por su amor; pedirle que lo purifique en su mente y en su vida; pedirle que lo fortalezca para afrontar las tentaciones y para realizar sus valores; y abrir el corazón para que Dios lo siga llenando con su amor misericordioso. Después de unas semanas, se nota el efecto sanador de la acción amorosa de Dios. Ayudémoslos.

Julio