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Carlos Castillo, obispo “con olor a oveja”

Este domingo, al comienzo de una semana muy interesante para el Hospital de Campaña de Santa Anna con la concentración de otros hospitales de Campaña del mundo, hemos vivido la visita de un obispo que nos ha dejado huellas de ese perfil de sacerdotes y obispos –pastores auténticos- de los que querríamos en nuestra Iglesia. Me refiero al Obispo de Lima, Carlos Castillo

Hace ahora unos cuantos años que oí por primera vez decir al Papa Francisco que quería sacerdotes “con olor a oveja”, esa frase que impresionó a muchos y no gustó a todos. Recuerdo que reí a gusto pensando en algunos jerarcas de la Iglesia –y no me refiero a los obispos que comulgaban con este pensamiento del Papa- a los que las “formas” de vestir y de celebrar no les asemeja de ninguna manera a los pastores.

De eso hace ya bastantes años, pero la cosa no ha variado mucho. Por eso, cuando encontramos a uno de estos ministros de la Iglesia de este estilo, nos alegramos mucho. Es verdad que cada vez tenemos la suerte de encontrarnos más, pero aún no tanto como desearíamos.

Este domingo, al comienzo de una semana muy interesante para el Hospital de Campaña de Santa Anna con la concentración de otros hospitales de Campaña del mundo, hemos vivido la visita de un obispo que nos ha dejado huellas de ese perfil de sacerdotes y obispos –pastores auténticos- de los que querríamos en nuestra Iglesia. Me refiero al Obispo de Lima, Carlos Castillo.

 

Aprovechando la ocasión que le brindaba el evangelio del día, hizo alusión a algunos católicos semejantes a los nueve leprosos que no volvieron a dar gracias a Jesús, como lo hizo el inmigrante y ajeno a la religión del Pueblo escogido, el samaritano.  Eran de los que piensan que todo les es debido por su fidelidad. Hasta llegó a calificar de “ateos católicos” a aquellos que no creen en un Dios que, más que normas y ritos, quiere un corazón humilde y sencillo, merecedor de sentir aquellas palabras de Jesús: “Vete en paz. Tu fe te ha salvado”.  Elogió al samaritano y a aquellos –obispos, sacerdotes, o laicos-  viven la sinodalidad, frente al clericalismo, unidos en un solo corazón, abiertos a los hermanos de dentro y de fuera, y haciendo posible una Iglesia abierta, sin fronteras, que salga de la sacristía, que abra sus puertas y prefiera una mano alargada al hermano, que unas formas externas y unos ritos poco comprensibles para el hombre de hoy. Una Iglesia “manchada” y con defectos más que una Iglesia cerrada y protegida por miedo a contaminarse.

Los abrazos que este obispo ha recibido a la salida, en la puerta de la iglesia de Santa Anna donde se despedía de la gente, lo decían todo.

La gente sencilla entiende muy bien las cosas de Dios…

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