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LC 20, 27-38: EL DIOS VIVIENTE Y DE LA VIDA. NOS LLAMA A LA PLENITUD DE LA VIDA EN LA RESURRECCIÓN.

La pregunta por la resurrección (20,28-33). Los saduceos abordan a Jesús enunciando en primer lugar la ley mosaica llamada “del levirato”: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano” (20,28). La ley ha sido enunciada, el caso está planteado, viene ahora la pregunta problemática: “Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer” (20,33). La pregunta burlona intenta ridiculizar la enseñanza de Jesús.

La respuesta de Jesús (20,34-38). En primer lugar, vemos cómo Jesús cuestiona los fundamentos del caso enunciado, proclamando que en la resurrección las condiciones de vida son diferentes, que las relaciones humanas son vividas en nuevo nivel. Por tanto, en la resurrección, donde la vida es plena y permanente, las cuestiones relacionadas con el matrimonio y la procreación son irrelevantes ya que la relación básica es la de la filiación divina, quizás con la implicación de que los hombres y las mujeres se relacionan unos con otros como hermanos y hermanas. (1) El contraste entre “este mundo” y el “mundo futuro”. En su exposición, Jesús comienza diciendo: “Los hijos de este mundo” (20,34b). Jesús establece el contraste entre las condiciones en esta vida y la futura. El status de aquellos que participarán en la resurrección es el de “hijos de Dios”. En cambio, los “hijos de este mundo” son los que pertenecen a este mundo (16,8). Con la frase “toman mujer o marido” (se casan) el contraste queda más claro: en la resurrección no habrá matrimonios, el matrimonio es característico de “este mundo”. Es posible que el texto original no se refiera solamente al hecho del matrimonio sino también al origen de la vida humana en la procreación y así deje entender que en la resurrección es innecesario el matrimonio puesto que allí no hay procreación humana sino plena vivencia del ser “hijos de Dios”. (2) Un punto claro de contraste: “ya no se casarán” “Pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo” (20,35a). De esta manera Lucas muestra más claramente la diferencia entre la vida terrena y la vida después de la muerte: acentúa que no todos los hombres calificarán para la vida futura, ellos deben ser considerados “dignos”. ¿Qué es lo que hace a una persona digna? El tema no es tratado aquí, pero conocemos lo que dice el evangelio. “Y en la resurrección de entre los muertos” (20,35b). La expresión resucitar de entre los muertos en el evangelio se refiere a Jesús (24,46 y Hch 4,2: “anunciaban en la persona de Jesús la resurrección de los muertos”). De resto, en el evangelio encontramos también una referencia a una hipotética resurrección Juan Bautista (Lc 9,7) y también el relato de la resurrección de Lázaro (16,30-31); pero el gran anuncio de los nuevos tiempos es que la resurrección como tal es la de Jesús. Nuestra resurrección será en Jesús. “Ni ellos tomarán mujer ni ellas marido…” (20,35c). Al participar en la resurrección la gente no establecerá relaciones matrimoniales. Esto significa que la relación matrimonial es trascendida en un nuevo nivel de relaciones interpersonales. El punto básico es que este matrimonio terreno está hecho para la procreación y esto ya no es necesario. “Ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (30,36). El punto de comparación con los ángeles es la inmortalidad: la vida celestial es eterna. (3) La plenitud de la filiación divina en la resurrección: “serán hijos de Dios por haber resucitado”. Pero ¿cómo es la vida eterna? Aquí el texto nos traslada a un nivel más alto de inmortalidad que para el evangelio es mucho más que vivir eternamente. La base está en el “ser hijos de la resurrección”. Ser “hijo de…” quiere decir “compartir la vida de…”; en nuestro caso: compartir la vida de Jesús resucitado. El contenido aparece enseguida: se hacen “Hijos de Dios”. En otras palabras, la persona se hace definitivamente hija de Dios como resultado de la resurrección. Por tanto, en una lectura cristiana entendemos que se trata de la participación en la resurrección de Jesús. Para comprender mejor esto podemos hacer un paralelo con el Salmo 2,7, el cual –según Hechos 13,2- se aplica a Jesús en cuanto Hijo de Dios por causa de la resurrección: “También nosotros os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los Salmos: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”. De manera que la paternidad divina reemplaza los parentescos humanos. En conclusión: Jesús enseña que la resurrección no es una simple continuación de la vida terrena. La resurrección nos hace “hijos de Dios”, participantes de la vida divina, por tanto, libres de los vínculos que caracterizan la vida material de los “hijos de este mundo”. Al participar en la resurrección de Jesús, los discípulos participan en el misterio de la filiación divina. Esta no proviene de la generación carnal sino de la resurrección.

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