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SEMINARIOS: LA FÁBRICA DE SACERDOTES EN RUINAS.

Olvidada su antigua gloria, la Iglesia se pregunta qué hacer con los seminarios. Hay quienes quieren reformarlas y quienes quieren cerrarlas: el Papa invitando a los aspirantes a sacerdotes a alejarse de la pornografía, la Conferencia Episcopal Italiana queriendo que sean examinados por psicólogos. Edificios cada vez más vacíos, números cada vez más reducidos. Italia todavía se salva en comparación con el resto de la Europa secularizada, pero ¿hasta cuándo?

Escuchando al Papa, uno se siente un poco perturbado e inquieto: incluso los sacerdotes y las monjas son tentados por la pornografía digital: «No voy a decir ‘levanten la mano si han tenido al menos una experiencia de esto’, sino que cada uno de ustedes piense si ha tenido la experiencia o ha sido tentado por la pornografía digital», comentó el lunes pasado al recibir en audiencia a seminaristas y sacerdotes que estudian en Roma. Al fin y al cabo, añadió Francisco, «es un vicio que tiene mucha gente, muchos laicos, y también sacerdotes y monjas. El diablo entra por ahí’. Se refería –y lo especificó– no al lado «criminal» de la cosa, sino a la pornografía «algo normal»: «Es algo que debilita el alma», que «debilita el corazón sacerdotal». Hay demasiadas historias de hombres que salen de los seminarios y que luego denotan un estilo de vida no precisamente proclive a la misión para la que fueron formados, las crónicas lo han contado bien, hay diócesis sin más sacerdotes que por desesperación acogen a los que en otros lugares son descartados o apartados por las más variadas razones. Y a menudo no son buenas. Incluso los seminaristas, definidos como «vagabundos», que deambulan de una punta a otra de Italia en busca de algún obispo que los acoja: «La inestabilidad relacional y afectiva, y la falta de arraigo eclesial son signos peligrosos», decía el documento final del Sínodo de 2018 sobre los jóvenes. Esto no es bueno, dijo y reiteró el Papa, hay que hacer algo para intervenir antes, en la raíz del problema.

El intento, quién sabe si el último, es encomendar a un psicólogo (preferiblemente una psicóloga –curiosa la distinción entre hombre y mujer incluso entre los profesionales, como si un psicólogo por el hecho de ser hombre no fuera capaz de investigar el estado del candidato–) a los que van a entrar en el seminario. El experto o la experta deberán evaluar si existen problemas en los jóvenes, a fin de minimizar las ominosas sorpresas futuras que no pocas veces tienen que ver con episodios de violencia o quiebres psíquicos que también pesarían en las comunidades confiadas a esos pastores. Los llamados sacerdotes «neuróticos» (cit. Jorge Mario Bergoglio).

La Conferencia Episcopal Italiana está trabajando en el proyecto, sabremos más en mayo, cuando el pleno de los obispos vote los proyectos para intentar desmentir a quienes –y no son pocos– profetizan el inminente cierre de los seminarios por falta de nuevos ingresos. Italia todavía se salva en comparación con la desolación evidente en las fronteras, basta con saber que mientras en Francia en 2018 se ordenaron 114 sacerdotes (de los cuales sólo 68 fueron diocesanos), en nuestras latitudes los nuevos sacerdotes ascendieron a 248. Sin embargo, las campanas de alarma suenan a un ritmo incesante y son cada vez más fuertes, si es cierto que durante los últimos siete años las cifras han estado siempre por debajo de 300, lo que durante mucho tiempo fue una especie de línea roja convencional que evaluaba la salud «del sistema». No hay mucho que decir: en los últimos 50 años, las vocaciones han caído más del 60%, pasando de 6.337 seminaristas en 1970 a 2.103 en 2019. Hoy, el número de aspirantes a sacerdotes en Italia es más o menos de 1.800, y si calculamos la edad media del clero, es fácil adivinar que pronto habrá un problema de cobertura de las parroquias, con sacerdotes llamados a hacer horas extras y a ser más funcionarios que padres. La laguna está abierta desde hace tiempo y la cuestión va mucho más allá de las cifras y las estadísticas.

Monseñor Erio Castellucci, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana, señaló que si bien es cierto que las cifras de la despoblación son llamativas, son las formas «menos llamativas» de la crisis, las «privadas», las que resultan más preocupantes. De hecho, escribió en el prefacio del libro de Enrico Brancozzi «Rifare i preti. Come ripensare i seminari» (EDB) que «las solicitudes de dispensa del ministerio sacerdotal no disminuyen en absoluto y el número de seminaristas sigue disminuyendo en Italia: dos indicadores muy claros de una crisis que sigue haciéndose sentir. Ya no es un barco que se desplaza con el ulular de sus sirenas; es un submarino que viaja casi sin que se note, pero los efectos son sin embargo tangibles.

La resonancia nacional suele reservarse para los casos de inmoralidad manifiesta; pero localmente surgen no pocas crisis personales. Don Domenico Cambareri en «Contro don Matteo. Essere preti in Italia» (EDB) lo tiene claro: la crisis del clero surge «ciertamente donde se debe alimentar el pensamiento: los seminarios diocesanos». De hecho, explica que «si nos quejamos de una ideología eclesiológica frágil, es porque hay un pensamiento ahora raquítico que ya no puede soportar el impacto con la historia. Con el tiempo, el malestar se encarna y estalla en las parroquias, y los presbíteros son el contexto eclesial que, en lugar de intervenir en la situación aliviándola, la agravan creando un estilo de fraternidad cordial sí, pero alejado del riesgo de cualquier implicación emocional».

El citado documento final del Sínodo de 2018 sobre los jóvenes había puesto todos los problemas negro sobre blanco: si bien los seminarios son, de hecho, lugares de absoluta importancia, «a veces estos ambientes no tienen en cuenta adecuadamente las experiencias previas de los candidatos, subestimando su importancia». Esto bloquea el crecimiento de la persona y corre el riesgo de inducir la asunción de actitudes formales, en lugar del desarrollo de los dones de Dios y la conversión profunda del corazón». De ahí que se aclare: «Al acoger a los jóvenes en las casas de formación o en los seminarios, es importante verificar el suficiente arraigo en una comunidad, la estabilidad en las relaciones de amistad con los compañeros, el compromiso con el estudio o el trabajo, el contacto con la pobreza y el sufrimiento» y «la contribución de la psicología debe entenderse como una ayuda para la maduración afectiva y la integración de la personalidad, que debe incluirse en el itinerario formativo según la deontología profesional y el respeto a la libertad efectiva de los formandos».

El trabajo en equipo es necesario y el equipo también debe incluir –de nuevo– «figuras femeninas». Tal vez el Papa aún recuerde la vez que no dio importancia a la sugerencia que le hizo una «mujer de la parroquia», que le había advertido sobre un joven aspirante al sacerdocio: «Recuerdo un caso, un buen chico, inteligente, que iba a ser ordenado diácono. Una mujer de la parroquia me dijo ‘yo le haría esperar un poco porque es bueno, tiene todas las cualidades, pero hay algo que no me convence’. Y un hermano coadjutor me dijo ‘Padre, que espere un año, no le hará daño’. Los otros, llenos de incienso. Seguí ese camino, y al cabo de cuatro meses se fue por voluntad propia: había estallado una crisis».

No se trata de un fenómeno extraño, aunque, escuchando las palabras de Francisco, lo relevante no es tanto el papel del feligrés como el hecho de que los encargados de la formación de los futuros sacerdotes quizá no fueran muy sagaces a la hora de valorar todos los aspectos psicológicos del candidato. El problema está en los seminarios, escribía hace unos años en la revista estadounidense Commonweal un grupo de antiguos profesores encargados de la formación de los futuros sacerdotes: «Los seminarios han desempeñado un papel importante en la actual crisis de la Iglesia. Es esencial comprender cómo se forman los sacerdotes y, por tanto, en última instancia, los obispos». Es decisivo, añadía, «comprender el modo en que son inculturados al clericalismo desde sus primeros días en el seminario».

¿Estamos, pues, ante una repentina corrupción de las costumbres del seminario? Para leer a Massimo Firpo, que publica «La reforma católica y el Concilio de Trento. ¿Historia o mito historiográfico?» (Viella), no es que las cosas fueran mejor en siglos pasados. Hay cartas y relatos firmados por obispos y notables que documentan vergonzosos episodios de libertinaje, ignorancia, conventos «más bárbaros que la barbarie española». Pero también hay otros testimonios, menos recientes, de sacerdotes incómodos, o juzgados como tales, que entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX contaron sus duras experiencias en el seminario, lo que la mayoría de las veces llevó a la censura o a la desaparición de esos libros, quedando el autor confinado en el olvido.

En resumen, los escándalos actuales sólo se amplifican con la circulación de la información y la caja de resonancia de los medios de comunicación. La crisis estaba y está ahí, y si antes se disimulaba por el número desorbitado de los que entraban en el seminario –ya fuera por motivos sociales, o simplemente para estudiar– hoy que esos inmensos edificios están vacíos, emerge con toda su fuerza desarmante. Según monseñor Castellucci, «los mismos padres de Trento, si se reunieran hoy, darían vida a un seminario distinto del que providencialmente crearon; y lo harían, creo, precisamente sobre la base de la misma necesidad de entonces: la de formar sacerdotes capaces de ser pastores y de estar en medio del rebaño. Sin embargo, probablemente –sigo con cierta presunción– no se centrarían en la guarnición del territorio, sino en la proximidad al pueblo de Dios».

La cuestión es profunda: en una entrevista concedida hace tiempo a L’Osservatore Romano, Mons. Castellucci decía que «hoy los jóvenes candidatos tienen que enfrentarse a menudo con varios miedos: el miedo a verse gastados en tareas organizativas asfixiantes en lugar de en el anuncio del Evangelio, el riesgo de sentirse empantanados en una pastoral tradicional, sin novedad y sin entusiasmo, el riesgo de la hiperactividad que condiciona el tiempo de oración y reflexión, las dudas sobre la calidad de su celibato, mucho menos protegido hoy que en el pasado. Y, sobre todo, el miedo a no poder mantener una coherencia de vida a lo largo de los años, en la inevitable comparación con los sacerdotes que no son coherentes, o que dejan el ministerio: aunque sean pocos, su situación hace mucho ruido. Me parece que la estructura actual del seminario ya no es suficiente para equipar a los futuros sacerdotes».

Durante mucho tiempo, Italia estuvo adormecida por el mito de ser una isla feliz, sólo tocada por la ola de secularización que había sacudido a las iglesias del centro y del norte de Europa, como si los Alpes hubieran actuado de barrera ante la inevitabilidad de un movimiento que durante muchas décadas (en Holanda se habló de ello en el cambio de las dos guerras, mucho antes del Vaticano II, considerado erróneamente como el factor que provocó el colapso de un mundo) había secado una presencia antaño floreciente.

Hoy se multiplican los proyectos de reforma y adaptación de la estructura a los tiempos actuales. También hay quienes –y no son pocos– piden su supresión. No tanto por «odio» al seminario, sino porque, se argumenta, ya no es necesario. El mundo no es el mundo de Trento, el siglo XXI no es el siglo XVI, la sociedad ya no es cristiana. Hay que estar en el mundo y no aislarse. El seminario, dicen siempre los que proponen su abolición, fomenta el clericalismo: un tema muy sensible en América, donde se han publicado decenas de artículos, estudios y reflexiones al respecto, la mayoría del lado del catolicismo liberal, que pone sobre la mesa todos los indicios que llevarían a condenar el seminario: jóvenes que nada más entrar empiezan a estudiar italiano soñando con una carrera romana, que se ponen sotana y hasta gemelos. Pistas de que algo va mal, olor a clericalismo y tradicionalismo, nada más que los pobres y las periferias y la eclesiología del Vaticano II. ¿Será realmente así?

Monseñor Massimo Camisasca, fundador de la Fraternidad San Carlos Borromeo, que envía misioneros a todo el mundo y que sabe un par de cosas sobre educación, ha escrito que «las piedras fundamentales del camino educativo propuesto en el seminario de la Fraternidad San Carlos son la libertad, la autoridad y la amistad. Educar no es sólo comunicar ideas, sino implicarse en la vida de otra persona, compartir profundamente su existencia».

Es posible que haya que repensar los seminarios, pero también habrá que actualizar las convicciones de quienes creen que los seminarios y las casas de formación no son más que arcas de Noé donde los jóvenes con problemas psicológicos o de soledad van a refugiarse, tratando de escapar de los sinsabores del mundo.

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