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!HOLA AMIGO!: EL AFECTO HACIA OTRAS PERSONAS

EL AFECTO HACIA OTRAS PERSONAS

Como seres humanos, somos por naturaleza afectivos. Necesitamos dar y recibir afecto. El afecto nos mueve y acerca hacia los demás. Como sacerdotes, nos conviene aprender a ser afectivos a la manera del Hijo de Dios que se encarnó para hacerse cercano a todos los hombres. Todos nos acercamos a los demás, porque, sencillamente, los necesitamos. El afecto siempre lo dirigimos hacia otra persona o personas generando amor, cariño, un sentimiento de unión hacia el otro(s). Podemos decir entonces, que el afecto es un elemento de carácter relacional, nos es indispensable en nuestras relaciones para que sean auténticamente humanas. Es fácil percibir quien te trata como persona, porque te demuestra que eres importante a través de manifestaciones afectivas como un saludo cordial, una mirada amable, un estrechón de manos, una sonrisa. Los sacerdotes debemos ser expertos en tratar humanamente a los demás. ¿Dé quien podemos aprender a ser afectivos de una manera conveniente? No encontraremos mejor maestro para desarrollar una afectividad profundamente cristiana y sacerdotal que el mismo Cristo.  Lo primero que tenemos que tener claro es que debemos sobrenaturalizar nuestra afectividad, es decir, elevarla. Buscando acercarme no a unos cuantos, sino a todos; buscando hacer el bien no solo a quienes me agradan, sino a todos; no solo considerando a unos cuantos importantes en mi vida, sino a todos. Esta afectividad debe ser buscada, trabajada, ejercitada y madurada. Desde luego, esta afectividad no se trata solo de buscar a los otros, sino de acoger a los que vengan a buscarnos. Una máxima de afectividad sobrenatural nos la ha dado la madre Teresa de Calcuta “que nadie venga a ti y se valla de ti, sin ser mejor y más feliz”.

Lo anterior implica aprender a amar como el Maestro y acoger como Él. El amor de Jesús, lo podemos traducir en servicio “de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir…” (Mt 20,28), la afectividad sobrenaturalizada es la que me lleva a una ininterrumpida actitud de servicio hacia los demás, pero un servicio que tiene como motivación fundamental “la mayor gloria de Dios”. La acogida de Jesús la podemos descubrir en sus palabras “mujer yo tampoco te condeno” (Jn 8,11); su mirada “Jesús, fijando en él su mirada, le amó…” (Mc 10,21); con el tiempo dedicado a las personas “Y al desembarcar , vio mucha gente, sintió compasión de ellos…y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34); con sus obras a favor de los necesitados “Tomó entonces los cinco panes y los dos peces y… los partió y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente” (Lc 9,16), con la escucha y el diálogo “la mujer Samaritana” (Jn 4). Jesús no deja de acoger aún en el momento más crítico de su vida “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). Busquemos siempre en la Palabra Divina, las mil y una meras de ser afectivos a la manera de Dios, a la manera de Cristo. Así, iremos creciendo hacia la plenitud de nuestra naturaleza humana y todos aquellos a quienes busquemos y acojamos los haremos mejores y más felices. ¡Hagámoslo!

José Humberto

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