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  • El oráculo de Isaías lo vemos cumplido en Jesús. Él es el monte, el definitivo lugar de encuentro con Dios. El que con sus palabras, signos y promesas atrae a todos. Se ha convertido para todos los que le siguen como discípulos- en cualquier lugar del mundo- en aquél que nos congrega en una sola asamblea y en un solo espíritu; el que transforma los corazones para que los hombres no creen más instrumentos para la guerra, sino que se conviertan en gestores de su paz (Is 2, 1-5).
  • El camino del cristiano es un camino de avance hacia la luz pascual. Esto implica un ir dejando atrás las tinieblas de los vicios y que vayan despuntando con mayor fuerza las virtudes hasta llegar al pleno día, es decir, hasta llegar a una profunda identificación e imitación de Cristo (Rm 13, 11-14ª).
  • El tiempo presente es el tiempo en que se construye el arca (La Iglesia) de Noé (Jesús). Todos los hombres estamos invitados a subir a ella y salvarnos. Porque llegará el día en que el arca se cerrará (consumación de la historia) y los que no hayan entrado en ella se perderán para siempre. Por ello, la urgencia de evangelizar e invitar a todos a subir al arca mediante la apertura a la fe en el Señor Jesús, Salvador del mundo (Mt 24, 37-44).
  • El salmo 121 parece decirnos cual debe ser nuestra actitud interior y nuestra disposición exterior cada vez que nos dirigimos a la eucaristía, con estas palabras: “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. En verdad, nada nos debe producir más alegría que ir al encuentro del señor y participar de su festín pascual, sumergiéndonos en el océano de gracias que allí se nos ofrecen.
  • CEC 668-677, 769: la tribulación final y la venida de Cristo en gloria, CEC 451, 671, 1130, 1403, 2817: “¡Ven, Señor Jesús!”, CEC 2729-2733: la vigilancia humilde del corazón.
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