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PARA REFLEXIONAR

  • El autor sagrado nos presenta a Dios como juez, pero un juez que los escucha a todos. No es como los jueces de este mundo que juzgan, a veces, con criterios personales y temen a los hombres. Dios, como no teme a nadie, juzga con la verdadera justicia y, aunque no es parcial, su juicio es de salvación para con los más débiles, vulnerables, pobres y oprimidos (Sir 35, 12-14.16-18).
  • Pablo le dice que le está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, le dará aquel día. El día en que imitará perfectamente a Jesucristo entregando la vida por la verdad. También dice que esa corona la dará a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. Con ello nos invita a que todo lo que hagamos lo hagamos por amor a Jesús, creyendo y esperando en sus promesas (2Tm 4,6-8.16-18).
  • Jesús nos enseña que la oración, para que nos consiga el favor de Dios, no debe convertirse en una presentación de credenciales o méritos ante Dios, mostrándonos como superiores o mejores que otros. Esto desvirtúa la oración porque la convierte en una autoalabanza. Y al hombre le conviene reconocer siempre y humildemente lo que es ante Dios “culpable” – salmo 142,2 “no llames a juicio a tu siervo, pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti”- (Lc 18,9-14).
  • La eucaristía, en su estructura inicial, nos introduce en el acto penitencial, para que todos lleguemos a participar de la Cena del Señor con humildad, reconociendo nuestra condición pecadora y disponiéndonos debidamente a recibir su gracia y salvación.

CEC 588, 2559, 2613, 2631: la humildad es el fundamento de la oración; CEC 2616: Jesús satisface la oración de la fe; CEC 2628: la adoración, la disposición del hombre que se reconoce criatura delante del Señor; CEC 2631: la oración de perdón es el primer motivo de la oración de petición.

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