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LUCAS 23, 35-43: EN DIÁLOGO CON EL REY DE MISERICORDIA UNA CITA EN EL REINO DE LA VIDA Y DE LOS VIVOS.

El Jesús que Lucas nos ha presentado, desde el pesebre hasta el Calvario, como la manifestación y la ilustración perfecta de la bondad y de la misericordia de Dios, no se desmiente a la hora de cruz. Justo en esa hora, el “amigo de publicanos y pecadores” sigue siendo leal a su proyecto al acoger al criminal que comparte su cruel destino, dándoles así a sus discípulos la última y sublime lección que nunca podrán olvidar.

Veamos en el texto cómo enfrentan a Jesús tres tipos de personas, de mayor a menor dignidad: (1) Los magistrados (23,35b); (2) Los soldados romanos (23,36-38); (3) Uno de los malhechores colgados junto a él (23,39). Poco a poco se va viendo a un Jesús cada vez más degradado. Por otra parte, uno de los términos clave de este evangelio sale a relucir en el escenario siendo echado en cara a Jesús. Se trata del verbo “salvar”: “Que se salve a sí mismo” (23,35b); “¡Sálvate!” (23,37b); “¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!” (23,39c). Estos gritos a Jesús están asociados a la identidad que le reconocen: (1) Los magistrados: “el Cristo de Dios, el Elegido” (2) Los soldados: “el Rey de los judíos” (3) El primer criminal: “el Cristo” (4) El segundo criminal: “Rey” (se dice de forma implícita en la frase: “cuando vengas con tu reino”, 23,42).

Puede verse una alternancia entre los títulos “Cristo” y “Rey”: el mesianismo de Jesús se verifica en la realización de su predicación del Reino. Las solicitudes que le hacen en Jesús tienen que ver con la identidad que ha revelado e intentan poner a prueba su predicación sobre la salvación pronta del hombre sufriente.

Las palabras del “Buen ladrón”: modelo de discipulado (23,40-41). Cuando todo parece perdido, cuando duele el silencio de Jesús, de repente interviene el otro criminal que acompaña a Jesús en su condena para darle un giro importante a la comprensión del “reinado” de Jesús: (1) Se dirige a su compañero, introduciendo una palabra correctiva sobre su errada apreciación (23,40-41); (2) Se dirige al mismo Jesús en una implícita confesión de fe que le da paso al pronunciamiento final del Maestro (23,42).

Una súplica a Jesús (23,42) “Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino” (23,42). Ahora el criminal vuelve su mirada hacia Jesús y pronuncia una oración en la que le manifiesta su esperanza de ser aceptado por Dios. Al no pedirle a Jesús que lo libere de la muerte, sino que lo admita en el Reino que se manifestará con su “venida” gloriosa, en pocas y densas palabras este hombre señala el sentido del reinado de Jesús. También éste malhechor ha visto el título de Jesús “Rey” encima de la Cruz. Sólo que él lo interpreta de otra manera, él va en la dirección correcta. Las palabras son significativas: (1) “Jesús” es invocado directamente. Hasta ahora ninguno de los anteriores lo había llamado por su nombre. (2) El “acuérdate” tiene el sentido de “acordarse para bien”; hoy diríamos “piensa en mí”. (3) Pone su mirada en el triunfo final de Jesús: “Cuando vengas con tu Reino” implica el “Cuando vengas como Rey”, esto es, en la parusía, cuando el Hijo de hombre venga resucitado de la muerte y con la gloria y la plenitud del poder de Dios. Ésta ha tenido inicio con la “entrada” de Jesús en su Reino en la Resurrección, Ascensión y Exaltación. Como puede notarse, el criminal ve en Jesús mucho más que un mártir que muere inocentemente: ve al autor de la salvación. De esta manera implícitamente confiesa su fe: Jesús es el Mesías. En contraposición al anterior, el segundo criminal -“el buen ladrón”- comienza a revestir la figura de un auténtico discípulo de Jesús que reconoce sus pecados, que testimonia la inocencia del Crucificado y que está dispuesto a entrar en ese camino que pasando por la muerte culmina en el paraíso. En todo este breve proceso se puede ver que este hombre capta mejor que ningún otro en todo el relato de la pasión quién es Jesús.

La respuesta de Jesús al criminal (23,43) “Jesús le dijo: Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (23,43). La respuesta de Jesús es un solemne “amén” a toda su obra de misericordia a lo largo del evangelio, el broche de oro de su misión salvífica. El Maestro pronuncia su última lección comenzando con un solemne: “Yo te aseguro”. De nuevo vemos cómo cada palabra tiene su peso: (1) “Hoy” El “hoy” parece insinuar, en primer lugar, que ese mismo día de la crucifixión es el día de la entrada en el Paraíso. Pero hay más. En el evangelio de Lucas el “hoy” es el tiempo de gracia pregonado por Jesús, en el cual la salvación se hace realidad: “Hoy ha nacido un salvador” (2,1); “Hoy se ha cumplido esta Escritura” (4,21); “Hoy hemos visto cosas maravillosas” (5,26); “Hoy la salvación ha llegado a esta casa” (19,9). Con el “hoy” Jesús corrige amablemente al buen ladrón, quien espera la salvación para el futuro (“Cuando vengas en tu Reino”). El Reinado de Jesús, si bien se consumará en el tiempo de la exaltación y de la parusía, abrió sus puertas en el ministerio de Jesús y particularmente en la Cruz: con su muerte entra en posesión de su señorío real en el cielo (ver 24,26), tal como lo proclamó en el juicio ante las autoridades judías, “Desde ahora el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios” (22,69). (2) “Estarás conmigo” ¡La frase no puede ser más bella! Señor que acoge los pecadores lo hace también con este criminal que ha admitido su culpa y ha suplicado la aceptación de Dios. El don de la vida del Crucificado es también para este pecador el hoy de la salvación. Pareciera que en este momento se sintetizaran todos los encuentros narrados en el evangelio: el crucificado es el salvador de todos los pecadores. Por lo demás, la muerte de Jesús abre una posibilidad de conversión incluso en el último instante. Tenemos aquí el abrazo de la reconciliación con Dios que se abre desde el aquí y el ahora de la Cruz. (3) “En el Paraíso” El “Paraíso” incida el “cielo”, la “comunión” definitiva con Dios. Vale recordar que el término “Paraíso” proviene de la lengua persa y significa originalmente “jardín”, “parque”; luego ésta fue utilizada por los traductores de la versión griega del Antiguo Testamento para referirse al “Jardín del Edén” en Gn 2,8. Jesús le pone una cita al nuevo discípulo: no el lugar de la muerte sino de la vida plena que nos ha alcanzado Jesús con su victoria pascual. Esto equivale a una promesa de perdón para el malhechor agonizante. Una nueva comprensión de la muerte se revela: ésta conduce a los discípulos hasta la presencia de Jesús, esto es, hasta la comunión con el Dios de la vida en el cielo.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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